Isidro Duñó, (a) el rana

Como dijimos la pasada semana, uno de los carlistas más conocidos del Valles Oriental fue Isidro Duñó i Costa, apodado el Rana. Nació, a comienzos del siglo XIX en Santa María de Martorelles. Duñó protagonizó dos hechos remarcables. El primero, poco conocido, durante la guerra de los Matiners. El segundo lo relatamos la semana pasada al hablar de los asesinatos que se cometieron en Montealegre en el 1869.

La primera referencia que tenemos de Isidro Duñó la publicó, en 1898, el folklorista, veterinario y maestro de Mollet del Valles Vicenç Plantada y Fonolleda, en La Renaixença. La narración llevaba por título Un episodi de la Guerra dels Matinés y dice así:

A eso de las ocho de la tarde de un día de invierno, entre las casas Gurguí y Trench de Montmeló, pasaba un individuo del Ayuntamiento de Mollet, cuando de repente le salió un hombre de unos matorrales diciéndole:

– Alto. ¿No me conocéis?

Acabada la sorpresa respondió el preguntado:

– Me parece que sí. Sois Isidro Duñó, el Rana. ¿Qué queréis?

– Hablemos bajo para que nadie pueda oírnos. Y susurrándole en la oreja le dijo: Antes de ocho días me traeréis la contribución a Cánovas; si no lo hacéis bajaré y fusilaré a todos los del Ayuntamiento. ¡Cuidado con la lengua que habéis tenido esta entrevista! Sólo se lo diréis al Alcalde.

A la semana siguiente, recogidos los dineros para satisfacer dicha contribución, fueron elegidos para llevarla el individuo del Ayuntamiento que tuvo la entrevista y el propietario Ramón Vilá (a) Flequé.

Llegaron por la noche a Cánovas, y preguntaron por el cobrador señor Duñó. Éste, al verlos, por las buenas noches que les tenía que devolver, con voz imperativa dijo:

– Venís muy a propósito –dirigiéndose al del Ayuntamiento- ahorraréis que esta noche venga a Mollet un sargento y siete individuos para que os fusilen delante del portal de vuestra casa. Este acto lo verificaremos en esta plaza.

– ¡Usted siempre está de broma!, le respondió tembloroso el interpelado.

– No, no es broma, que os hablo en serio: os encomiendo que os preparéis; antes de media noche será cumplida la sentencia.

– Si no me decís porque tengo que ser fusilado no puedo hacer lo que usted me aconseja. No he cometido ninguna falta que pueda ser causa de tan terrible resolución.

– Esto lo decís vos. Para que comprendáis que tenéis vida para poco tiempo, quién lo manda y por qué lo dispone, tomad, leed -entregándole un oficio-. Éste decía, poco más o menos:

“Al momento de recibir el presente enviaréis a Mollet del Valles un sargento con siete individuos para que fusilen, delante del portal de su casa, a V. Plantada individuo del Ayuntamiento. Una vez cumplida esta disposición me dará cuentas a vuelta de correo. – Ramón Cabrera”.

Al acabar de leer se le secó el cuello; la boca le quedó seca; quería hablar pero no podía. Miraba al cobrador aterrorizado.

– Ya lo veis, no es orden mía, es de mí general. No puedo dejarla de cumplir. Una vez finalizada la cena daré las oportunas disposiciones. Por eso os recomiendo que os preparéis.

Corrían los minutos. Quería hablar y no podía.

Haciendo un gran esfuerzo, cuando el cobrador acabó de cenar, pudo decir:

– No me sabe mal morir; pero quisiera al menos poder saber por qué motivo me matan.

– ¿A mí me lo preguntáis? Sobradamente lo sabéis.

– Si lo supiera no lo pediría.

– Bien, sabéis la entrevista que tuvimos por la noche cerca del Trench. En ella os recomendé: ¡Cuidado con la lengua! ¡Cuidado que se sepa que yo he estado hoy aquí! ¡Y lo cumplisteis bien!… ¡Qué goce hubierais tenido al saber que me había fusilado!

– No lo entiendo. Si no me da pruebas de lo que me decís…

– Aquí están, entregándole otro escrito.

“Vigile éste Valles, pues el cabecilla Isidro Duñó sorprendió (tal día) por la noche cerca del Trench, en el término de Montmeló, a un individuo del Ayuntamiento de Mollet. – Parra”.

Éste creo que era el nombre del general en aquel tiempo.

– Ya lo veis parlanchín si hay motivo para fusilaros. Antes de que logréis que me cojan y me fusilen, primero haré fusilar a todos los Ayuntamientos.

– Yo os aseguro que soy inocente. Yo no envié ningún parte al general ni a nadie. Como quedamos, fui a medianoche a encontrarme con el Alcalde, en medio de su huerto. Después de asegurarnos que nadie podía oírnos, le comuniqué susurrándole a la oreja vuestro encargo. Si él os delató, ¿tengo yo la más pequeña culpa? ¿tengo que pagar la indiscreción de otro? Si hubiera tenido miedo de una falta tan grande como es esta delación, ¿habría venido a traeros lo recaudado por vuestra disposición?

– Son dignas de atención vuestras razones. Yo no quiero fusilar a ningún inocente. Hoy no seréis fusilados; volveré a oficiar a mi general; él resolverá lo que tendré que ejecutar. Pero tened por cierto que o usted o el alcalde seréis fusilados.

Si no se cumplió tan terrible amenaza fue porque se acabó poco tiempo después aquella terrible guerra.

Según se deduce, el alcalde notificó al general de Barcelona la entrevista citada en el Trench. El Capitán General ofició al comandante de armas de Granollers; pero los carlistas se apoderaron en el lugar conocido como Torre de Sallés, en el término de Parets del Valles, de la maleta del correo en la que encontraron dicho despacho.

Muchos de fuera que tienen fama de ser alcaldes y los ayuntamientos, si tuvieran presente esta historia creo que se darían por satisfechos.

El que sufrió éste terrible disgusto era mi padre, que en el Cielo esté.

Isidro Duñó participó en la III Guerra Carlista (1872-1876), siendo teniente coronel de la Ronda de Vic. Ocupó su pueblo natal, Santa María de Martorelles, en 1873. Estuvo, durante toda la guerra, bajo el mando de Francisco Savalls. Duñó fue capturado en Torelló el 29 de julio de 1875 y fue cambiado con otros prisioneros de Vic el 29 de agosto de 1875. Murió en Barcelona en 1882.

César Alcalá

Historiador